Teológicamente hablando, la Asunción de
María consiste en la resurrección gloriosa
de su cuerpo. Y, en virtud de esa resurrección,
comenzó a estar en cuerpo y alma en el Cielo.
La Asunción de María es una derivación
de su Maternidad divina: Dios «quiso que
no conociera la corrupción del sepulcro
la mujer que concibió en su seno al autor
de la vida». De igual manera que la maternidad
divina supuso una gracia para el mundo entero,
así también su Asunción personal inicia
la asunción de la humanidad a Dios. La mujer,
cuya «figura Portentosa aparecida en el
cielo» vio San Juan, es a la vez María y
la Iglesia: «figura y primicia de la Iglesia
que un día será glorificada». María «es
consuelo y esperanza del pueblo, todavía
peregrino en la tierra». Al contemplar a
María, que «triunfa con Cristo para siempre»,
pedimos a Dios por su intercesión la gracia
de «participar con ella de su misma gloria
en el cielo». Sabemos que, al igual que
María, llevamos en nuestros cuerpos, que
son templos del Espíritu Santo, el germen
de la eternidad.
Hay un nexo profundo entre María y la comunión
de los santos. Lo que contemplamos en la
Asunción como un «privilegio» de la Madre
de Dios, en la solemnidad de Todos los Santos
se hace un hecho participado y común. Es
un designio que implica a todos los redimidos:
los del cielo y junto a ellos todos los
que viven en gracia. La comunión de los
santos, en efecto, no es sólo de los que
nos han precedido: se relaciona, para usar
la definición clásica, también con la Iglesia
peregrinante, la que vive en el mundo. La
Asunción, por tanto, es la primera, no la
única. Y en la fiesta de Todos los Santos
celebramos la coparticipación en todo lo
que ella goza. Pío XII podía perfectamente
promulgar este dogma el día de la Asunción.
¿Pero
qué puede decir la Asunción al hombre de
hoy?
-En el contexto de transición cultural
en el que vivimos, con un hombre contemporáneo
que cada vez más se enfrenta a la búsqueda
de sentido, yo creo que el tema a subrayar
es el de la corporeidad: este dogma dice
que el cuerpo de María, cuerpo de mujer,
es exaltado. Es un hecho que para nosotros
es paradójico: justamente el cuerpo femenino,
en nuestra cultura, ha sido durante mucho
tiempo el emblema del desprecio. María,
en cambio, exaltada en su Asunción, revoluciona
esta idea: nuestra corporeidad, por muy
enferma que esté, está llamada a la transfiguración
en el diseño de Dios.
El dogma de la Asunción afirma que el cuerpo
de María fue glorificado después de su muerte.
En efecto, mientras para los demás hombres
la resurrección de los cuerpos tendrá lugar
al fin del mundo, para María la glorificación
de su cuerpo se anticipó por singular privilegio.
Oración